Wednesday, March 28, 2007

Apología del Credo macondiano (una oración para Migue)

En los canales de Ciudad Darién han estado circulando, como en tantas otras partes, una serie de documentos de opinión y réplica acerca de la obra y la personalidad de Gabriel García Márquez en estos días que tantas cosas se conmemoran --sus 80 años de vida, 40 de la publicación de Cien años de soledad y más--. Ha habido mensajes a favor y en contra del Nóbel, pero quien más se ha destacado es Migue, quien desde su nueva casa en Ciudad de México, ha insistido en que la obra de Gabo alcanzó validez universal gracias al trabajo de su traductor al inglés.

No quiero detenerme en las diatribas y pullas que han venido de punta y punta del espectro garciamarquino, pero una de las colaboraciones ha insistido en destruir a los ídolos. Aquí, en Juanpablog, no podemos sino estar de acuerdo con tan loable misión... hasta que nos tocan los propios... ídolos.

De modo que aquí va, sin ánimo de ofender, esta Apología del Credo macondiano (una oración para Migue):


Lo siento, mi querido Migue, pero, por más que te niegues a admitirlo, entre nosotros vive un prodigio. Sé que es difícil de creer, pero en esta era de la banalidad, consideramos un verdadero milagro que entre nosotros habite un inmortal. Deberíamos estar agradecidos de poder andar casi rozándole los pelos del tiempo.

Lo reconozco, amigo Migue, tienes razón: hay que tener fe. Si no tienes fe, no puedes salvarte. Eso lo dice toda revelación y la nuestra no es excepción. Como ves, nuestra religión (aquel famoso re-leer) es inmune a tus asaltos ateos y a los ataques morbosos de los otros, quienes envidian a los inmortales.

Pero, ¿sabes qué? En nuestra Biblia también hay lugar a la redención al cabo de apenas cien años de soledad. Como ves, nuestro purgatorio es leve, comparado con el de la competencia más próxima.

En aras de la paz, solo pedimos que no asaltes nuestros templos, que no profanes nuestros santos e ídolos a quienes, con total dedicación y sin miedo, otorgamos nuestra fe, tiempo y oración, es decir, lectura. Nos gustan así, indemnes al daño que les pueden ocasionar los que no se han sabido pagar con sus páginas. Y has de saber que por más que insistas en profanarlos, nuestra fe permanecerá inmune y pura.

Se que esta no ha sido tu crítica, pero para que también lo sepas, en nuestra religión macondiana no nos da pena decirlo: preferimos hacer negocio y no andar pidiendo limosna para la caridad. Para nosotros, la caridad es permanente: el ciento por ciento de nuestra vitalidad está dedicada a rendir pleitesía a quienes adoramos.

Pero para que veas que no estoy solo esta revelación, aquí te mando el testimonio del Evangelista Daniel.

Con un abrazo fraternal y ecuménico,

Tu hno. menor



El día que Gabo voló a la inmortalidad
Daniel Samper Pizano. Columnista de EL TIEMPO.

El milagro estuvo reservado a las personas que el lunes pasado logramos entrar al Salón Getsemaní del Centro de Convenciones de Cartagena. A las doce y siete minutos del día, y después de oír cinco buenos discursos sobre su vida y su obra pronunciados por escritores y filólogos, habló García Márquez. Se festejaban los 80 años de su edad, los 40 de la publicación de Cien años de soledad y los 25 de su Premio Nobel.

Empezó la lectura con la misma voz recogida con que canta vallenatos, pero poco a poco fue robusteciendo el tono, hasta confesar, en un paréntesis de intimidad compartido con millones de televidentes, que él mismo se sorprendía por el éxito de una obra escrita, como la suya, con la sola ayuda de las 28 letras del alfabeto y dos dedos, uno por mano.

En tal punto ocurrió el prodigio. García Márquez vaciló, detuvo la lectura, intentó buscar una frase perdida... Y en ese mismo instante, mientras se agitaban los papeles de su discurso en súbito alboroto, los presentes en el salón vimos cómo el escritor de Aracataca se elevaba doce centímetros sobre la alfombra marrón del paraninfo, lo mismo que el padre Nicanor cuando tomaba chocolate. Permaneció entonces cuatro segundos en el aire, al cabo de los cuales descendió suavemente de su breve vuelo. Minutos después se precipitó una lluvia de pétalos amarillos sobre el auditorio. Cumplíase así el fenómeno descrito por algunos libros antiguos al hablar de Santa Teresa y de Quevedo. García Márquez acababa de subir a la esfera de la inmortalidad y, cumplido el tránsito, recobraba ahora la condición humana y proseguía la lectura de sus apuntes.

El episodio no se vio en la televisión, herramienta electrónica incapaz de captar las moléculas de la magia. Ni siquiera se percataron de la levitación de Gabo todos los asistentes al gran salón. Algunos que la vieron imaginaron que era fruto del cansancio, el guayabo o los calores del Caribe. Pero los que tenemos fe podemos dar testimonio de que ocurrió como lo describo. Es posible que nunca más tengamos una oportunidad igual, pues seguramente no volveremos a ver el espectáculo de un escritor cuando se eleva hacia la inmortalidad, en busca de Homero y de Shakespeare, de Cicerón y de Dante, de Cervantes y de Rabelais, de Camoens y de Goethe.
Juro que así fue. En medio del asombro de quienes creemos en el poder de la literatura para cambiar el mundo, Gabriel García Márquez levitó doce centímetros el lunes pasado y su alma de escritor se disparó hacia un lugar llamado el Parnaso.

cambalache@mail.ddnet.es
Daniel Samper Pizano

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